La perla
La perla Esa advertencia no tardó en materializarse. En la profundidad de la noche, un sonido despertó a Kino. Algo rasgaba las ramas que formaban las paredes de la choza. Con el corazón acelerado, se levantó y tomó el cuchillo que siempre llevaba en el cinturón.
—¿Quién está ahí? —gritó, avanzando hacia la entrada.
La respuesta llegó en forma de un destello, un movimiento rápido. Kino sintió un golpe en el hombro y se tambaleó, pero logró lanzar un corte al aire, haciendo que su atacante retrocediera y huyera en la oscuridad.
Juana corrió hacia él, su rostro pálido bajo la luz de la luna. —¡Estás herido!
—No es nada —gruñó Kino, aunque un hilo de sangre bajaba por su brazo. Sus ojos seguían fijos en la perla que aún estaba en el suelo, intacta.
—¡Juana! —exclamó, tomando a su mujer por los hombros—. ¡Esto prueba que la perla es nuestra salvación! Nos la quieren quitar porque saben lo poderosa que es.
Juana negó con la cabeza, sus ojos llenos de preocupación. —Nos destruirá, Kino. Tírela al mar antes de que sea demasiado tarde.
Pero Kino no escuchaba. La avaricia, el miedo y el orgullo se entretejían en su interior como una marea imparable. —Nadie me quitará lo que es mío.