Yawar fiesta
Yawar fiesta Mientras tanto, el sargento y el funcionario de Lima caminaban tensos, vigilando esquinas, interceptando rumores. Pero cuanto más lo intentaban, más se daban cuenta: no habÃa lÃder único, no habÃa voz que ordenara. Era la comunidad entera la que se movÃa. Como una red viva, invisible, ancestral.
—No hay fiesta —dijo el funcionario por enésima vez—. No lo permitiré.
—Entonces tampoco habrá paz —respondió una mujer con voz baja, desde la sombra de una tienda.
Los preparativos se hacÃan de noche. El corral fue levantado lejos del jirón BolÃvar. Los músicos practicaban en cuevas o tras puertas cerradas. Los danzantes entrenaban como guerreros. La tradición, reprimida, se volvÃa clandestina, pero más fuerte.
El Misitu fue hallado. Un toro negro, enorme, de ojos ardientes. Lo bajaron en secreto, envuelto en oraciones y aguardiente. DecÃan que olÃa a azufre. Que nunca mugÃa. Que si alguien lo miraba demasiado tiempo, sentÃa el temblor del abismo en el estómago.
El pueblo ahora hablaba en susurros. No habÃa anuncios, pero todos sabÃan. El dÃa estaba cerca. Y cuando llegara, no habrÃa vuelta atrás. El Yawar no serÃa una simple fiesta, sino una declaración. Un grito en la garganta de los Andes.