Ulises

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El grito lo llevó de vuelta, remoloneando, hacia su amo, y un brusco puntapié descalzo lo arrojó ileso, encogido en el vuelo, a través de un banco de arena. Se escabulló de vuelta describiendo una curva. No me ve. Se deslizó a lo largo del borde del muelle, holgazaneando, olió una roca y por debajo de una pata trasera, levantada, orinó contra ella. Siguió trotando y, levantando una pata trasera, orinó rápido y corto sobre una roca no olida. Los placeres simples del pobre. Sus patas traseras dispersaron entonces arena: luego sus patas delanteras chapotearon y cavaron. Algo que escondió allí: su abuela. Hociqueó en la arena, chapoteó y cavó, y se detuvo a escuchar el viento, hizo volar de nuevo la arena con sus uñas furiosas, deteniéndose de pronto, un leopardo, una pantera, sorprendido en adulterio, buitreando el muerto.

Después que él me despertó anoche, ¿era el mismo sueño? Veamos. Un pórtico abierto. Calle de rameras. Recuerda. Harún-al-Raschid[46]. Me voy acercando. El hombre me condujo, habló. Yo no tenía miedo. El melón que llevaba lo levantó contra mi cara. Sonrió: olor de fruto cremoso. Ésa era la regla, dijo[47]. Entra. Ven. Alfombra roja extendida. Tú verás quién.



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