Ulises

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Richie Goulding y la bolsa legal. Goulding, Collis y Ward llama a la firma. Sus chistes se están poniendo un poco rancios. Menudo punto. Bailando por Stamer Street con Ignatius Gallaher[7] un domingo por la mañana, los dos sombreros de la patrona prendidos en la cabeza. De juerga toda la noche. Se le empieza a notar ahora: su dolor de espalda, me temo. Su mujer masajeándole la espalda. Cree que se va a curar con píldoras. Toda miga de pan. Cerca de seiscientos por ciento de ganancia.

—Está con esa sucia gente —gruñó el señor Dedalus—. Ese Mulligan es un perfecto y consumado rufián por donde se le mire. Su nombre apesta por todo Dublín. Pero con la ayuda de Dios y de su bendita Madre me voy a ocupar de escribir uno de estos días una carta a su madre o a su tía o lo que sea que le dejará los ojos como platos. Y me voy a reír de su catástrofe[8], se lo aseguro.

Gritó sobre el repiqueteo de las ruedas.

—No permitiré que el bastardo de su sobrino arruine a mi hijo. El hijo de un hortera. Vendiendo cordones en la tienda de mi primo, Peter Paul M’Swiney[9]. Que no se diga.


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