Ulises
Ulises Ned Lambert, sentado en la mesa, siguió leyendo:
—O asimismo observad los meandros de algún susurrante arroyuelo mientras parlotea en su camino, acariciado por los céfiros más suaves aunque querellando con los obstáculos de las piedras, en dirección a las revueltas aguas del dominio azul de Neptuno, en medio de musgosas riberas, inquietado por la gloriosa luz del sol o por las sombras proyectadas sobre su seno pensativo por el oscurecido follaje de los gigantes de la selva. ¿Qué te parece, Simon? —preguntó por encima del borde de su diario—. ¿Qué tal eso como calidad?
—Desaguándolo un poco —dijo el señor Dedalus.
Ned Lambert, riendo, golpeó el diario sobre sus rodillas, repitiendo:
—El seno pensativo y el esculecido follaje. ¡Ah, muchacho! ¡Muchacho!
—Y Jenofonte miró a Maratón —dijo el señor Dedalus, volviendo a mirar la chimenea y la ventana— y Maratón miró al mar[21].
—Ya tengo bastante —gritó el profesor MacHugh desde la ventana—. No quiero escuchar más.
Terminó de comer la medialuna que habÃa estado mordisqueando y, despertado su apetito, se dispuso a mordisquear el bizcocho de la otra mano.