Ulises
Ulises Se interrumpió y volvió a cubrir de espuma, suavemente, su otra mejilla. Sus labios se curvaron en una sonrisa de condescendencia.
—Pero una máscara preciosa —murmuró para s×, Kinch, la máscara más preciosa de todas.
Se afeitaba con soltura y cuidado, en silencio, serio.
Stephen, con un codo apoyado sobre el granito mellado, y la palma de la mano contra la frente, consideró el borde gastado de la manga de su chaqueta, negra y lustrosa. Una pena, que todavÃa no era la pena del amor, corroÃa su corazón. Silenciosamente, en sueños, ella vino después de muerta, su cuerpo consumido dentro de la floja mortaja parda, exhalando perfume de cera y palo de rosa, mientras su aliento, cerniéndose sobre él, mudo y reprensor, era como un desmayado olor a cenizas húmedas. A través del puño deshilachado vio el mar que la voz robusta acababa de alabar a su lado como a una madre grande y querida. El cÃrculo formado por la bahÃa y el horizonte cerraban una masa opaca de lÃquido verdoso. Al lado de su lecho de muerte habÃa una taza de porcelana blanca, conteniendo la espesa bilis verdosa que ella habÃa arrancado a su hÃgado putrefacto entre estertores, vómitos y gemidos.
Buck Mulligan limpió la hoja de su navaja.