Ulises
Ulises —Sà —dijo el señor Best jovialmente—, yo considero que Hamlet es muy joven. La amargura podrÃa ser del padre, pero los pasajes con Ofelia son seguramente del hijo.
Coge el rábano por las hojas. Él está en mi padre. Yo estoy en su hijo.
—Ese lunar[45] es lo último que se va —dijo Stephen riendo.
John Eglinton hizo una mueca nada agradable.
—Si ésa fuera la marca de nacimiento del genio —dijo— el genio estarÃa a la venta en el mercado. Los dramas de los últimos años de Shakespeare, que Renan admiró tanto, respiran otro espÃritu.
—El espÃritu de la reconciliación —exhaló el bibliotecario cuáquero.
—No puede haber reconciliación —dijo Stephen— si no ha habido ruptura.
Dije eso.
—Si usted quiere saber cuáles son los acontecimientos que proyectan su sombra sobre el perÃodo infernal del Rey Lear, Otelo, Hamlet, Troilo y Cresida, trate de ver cuándo y cómo se levanta la sombra. ¿Qué es lo que ablanda el corazón de ese hombre naufragado en tempestades horrendas, probado, como otro Ulises, Pericles, prÃncipe de Tiro?
Cabeza coronada de cono rojo, abofeteada, cegada de lágrimas.