Roberto el pirata o el nieto del diablo

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CAPITULO LXI

Donde Mauricio refiere al doctor Santibáñez cómo fué herido don Luis de Acebedo

Empieza, muchacho-dijo don Alonso, mientras acariciaba las crines de su potro, hermoso animal de pura raza andaluza, cuyos gallardos movimientos llamaban la atención del hermano de Juan Sinmiedo—. Ya que la casualidad me ha hecho encontrarte en momentos tan críticos como apurados, justo es que me digas cuanto sepas respecto a ese caballero.

—Sí que lo haré, señor, pues no querría que ni un solo instante cruzara por vuestra imaginación la sospecha de que yo he tomado parte en este crimen.

—Mal puedo creerlo, cuando sabes que pasaba sin haber reparado en ti; y si no me hubieses pedido socorro, es seguro que hubiese continuado mi camino hacía Aranjuez.

—¡Ah! ¿Con que ahora vamos?

—Sí; allí poseo una quinta, en la que pasará el herido su (Convalecencia, caso de que consiga arrebatarle de las garras de la muerte.

—El cielo lo permita.

—Desde muy lejos advertí el fulgor que despedían las llamas que consumen esa casa ruinosa, y por fijarme en ella no reparé, sin duda alguna ni en ti ni en el herido.

—Mucho trabajo me costó sacarlo de la venta.


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