El Castillo

El Castillo

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Pero no eran realmente sus palabras las que ocupaban a K y las que le distraían algo de su búsqueda, sino su aparición y su presencia en ese lugar. Cierto, era mucho más joven que Frieda, casi una niña, y su vestido era ridículo, parecía evidente que se había vestido así para corresponder a las ideas exageradas que tenía de una muchacha de servicio en la barra. Y ni siquiera podía corresponder con pleno derecho a esas ideas, pues la ocupación de ese puesto, que no le iba nada, había sido inesperada e inmerecida, además se lo habían dado temporalmente, ni siquiera le habían confiado la cartera de piel que Frieda siempre había llevado en el cinturón. Y su supuesta insatisfacción con la plaza no era más que arrogancia. Sin embargo, a pesar de su irreflexión infantil, era probable que tuviera relaciones con el castillo, pues, si no mentía, había sido criada; sin saber de sus posesiones, pasaba el tiempo allí dormitando, pero un abrazo a ese pequeño y redondo cuerpecillo quizá no sirviera para arrebatarle sus posesiones, pero sí podría animarle para el penoso camino que tenía ante él. Entonces, ¿quizá no era diferente a Frieda? Oh, sí, era diferente. Bastaba con pensar en la mirada de Frieda para comprenderlo. K jamás habría rozado a Pepi, pero ahora tuvo que taparse un rato los ojos, con tanta codicia la estaba mirando.



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