El Castillo

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Avanzaron, pero K no sabía en qué dirección, no podía reconocer nada, ni siquiera sabía si ya habían pasado la iglesia. Debido al esfuerzo que le causaba el simple hecho de caminar, ocurrió que no podía dominar sus pensamientos. En vez de permanecer fijos en su objetivo, se confundían. Una y otra vez emergió su lugar de origen y los recuerdos de él le colmaron. También allí había una iglesia en la plaza principal, en parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a su vez por un elevado muro. Pocos niños habían escalado ese muro, tampoco K había sido capaz de escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio ya no tenía para ellos ningún secreto, muchas veces habían entrado por su puerta enrejada, era el elevado muro lo que querían superar. Una mañana —la plaza, silenciosa y vacía, estaba inundada de luz, K nunca la había visto así y jamás la volvería a ver—, le resultó sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces había fracasado con frecuencia, escaló el muro a la primera con una bandera entre los dientes. Aún se desprendían piedras bajo él cuando ya estaba arriba. Desenrolló la bandera, el viento desplegó el paño, miró hacia abajo y a su alrededor, también sobre el hombro hacia las cruces hundidas en la tierra, nadie estaba en ese momento y allí más alto que él. Casualmente pasó el maestro, obligó a K a bajar con una mirada enojada y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con esfuerzo pudo regresar a casa, pero había estado en el muro, el sentimiento de esa victoria le proporcionó seguridad para una larga vida, lo que no era del todo absurdo, pues ahora, después de muchos años, vino en su ayuda en la noche nevada caminando del brazo de Barnabás.


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