Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Cabe conceder que si nos fuera posible poseer tan honda penetración en un ser humano, tal como su modo de pensar se deja ver mediante acciones externas e internas, de suerte que hasta el móvil más insignificante nos fuera confesado, y conociéramos también todas esas ocasiones exteriores que inciden sobre dichos móviles, podría calcularse la conducta de un ser humano en el futuro con esa misma certeza que permite pronosticar los eclipses del sol o de la[A 178] luna y, pese a todo, I podría mantenerse junto a ello que tal ser humano es libre. Si nosotros fuéramos capaces de otra mirada (que sin duda no se nos ha otorgado en absoluto, sino que sólo tenemos en su lugar el concepto racional), a saber, la de una intuición intelectual, nos percataríamos entonces de que toda esa cadena de fenómenos, en relación con lo que siempre puede interesarle sólo a la ley moral, depende de la espontaneidad del sujeto como cosa en sí misma y de cuya determinación no cabe dar ninguna explicación física. A falta de esa intuición, la ley moral nos asegura esta diferencia de relación entre la mantenida por nuestras acciones, en cuanto fenómenos, con el ser sensible de nuestro sujeto, y aquella mediante la cual este mismo ser sensible se ve referido al sustrato inteligible que hay en nosotros.