Crítica de la Razón Práctica

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Esta convicción se fue acrisolando durante los muchos años en que Kant exploró cómo cabía involucrar a la felicidad en su pensamiento ético. De hecho, mucho antes que a sus lectores, Kant se la había participado a sus alumnos de filosofía moral, a quienes explicaba que, aun cuando «la felicidad no es el fundamento ni el principio de la moralidad, sí es en cambio un corolario necesario de la misma[51]». Y ello en un doble sentido. Por una parte, se tiene garantizada esa «felicidad que no consiste en la mayor suma de placeres, sino en el gozo proveniente de la consciencia de hallarse uno satisfecho con su autodominio, lo cual constituye la condición formal de la felicidad, aunque también sean necesarias (como en la experiencia) otras condiciones materiales[52]». He aquí el origen de su formalismo ético. Sin esta condición formal, el ser humano experimenta —según Kant— un autodesprecio que le despoja de su autoestima y pierde con ello el mayor valor de la vida[53]. Pero Kant no se conforma con este sosiego que genera el no dar pie a los remordimientos de la conciencia y entiende que quien obra moralmente también tiene derecho a esperar el poder disfrutar de la otra felicidad (la material). «Porque precisar de la felicidad, ser digno de ella y, sin embargo, no participar en la misma es algo que no puede compadecerse con el perfecto querer de un ente racional que fuera omnipotente, cuando imaginamos un ser semejante a título de prueba» (A 199).


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