Fundamentación de la metafísica de las costumbres

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El secreto de esta sencilla fórmula está en que yo; por un acto de voluntad, quiera que «mi» máxima, esto es, el principio subjetivo de mi conducta, case con «la» ley, es decir, el principio objetivo de la misma. Kant ilustra esto contemplando el caso de una persona que, hallándose en apuros, se pregunta si puede hacer una promesa con el propósito de no cumplirla. Uno puede preguntarse a sí mismo, por ejemplo, si es prudente, o mejor dicho «sagaz»,[18] hacerlo, y su sagacidad podrá aconsejarle que tenga en cuenta que si lo hace saldrá efectivamente del apuro, mas sólo de momento, pues muy bien puede suceder que la consiguiente pérdida de crédito le depare a medio o largo plazo más perjuicio que beneficio. Pero también puede uno preguntarse, añade Kant, si el problema en cuestión, el quebrantamiento de una promesa, no es asunto de sagacidad, sino más bien de moralidad, porque «es cosa muy distinta ser veraz por deber serlo o por temor a las consecuencias perjudiciales»[19]. Y en el supuesto de que uno quiera considerar moralmente el asunto, él nos brinda su fabulosa receta, un procedimiento en el que un somero análisis permite distinguir dos fases. En la primera nos propone Kant ensayar la universalización de nuestra máxima:




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