La Religion dentro de los limites de la mera Razon

La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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La je judía es según su organización original un conjunto de leyes meramente estatutarias sobre las cuales se fundaba una constitución estatal; pues los suplementos morales que ya entonces, o también en lo que vino después, le fueron añadidos no son en absoluto pertenecientes al judaísmo como tal. Éste no es propiamente una Religión, sino sólo la unión de una multitud de hombres que, porque pertenecían a una raza particular, se constituyeron en una comunidad bajo leyes meramente políticas, por lo tanto no en una iglesia; más bien debía ser un Estado meramente mundano, de modo que, si éste era tal vez desgarrado por contingencias adversas, le quedaba de todos modos la creencia (esencialmente perteneciente a él) de que un día sería restaurado (con la venida del Mesías). El que esta constitución estatal tenga como base la teocracia (en lo visible una aristocracia de los sacerdotes o jefes que se preciaban de haber recibido instrucciones directamente de Dios) y, por lo tanto, el nombre de Dios, que aquí es venerado como gobernante del mundo que no hace ninguna reivindicación sobre la conciencia moral ni dirigida a ésta, no hace de ella una constitución religiosa. La prueba de que no ha debido serlo es clara. En primer lugar, todos los mandamientos son tales que también una constitución política puede apoyarse en ellos e imponerlos como leyes coactivas, porque tocan sólo a acciones externas, y si bien los diez mandamientos —aun cuando no estuviesen públicamente promulgados— valen ante la Razón como éticos, en aquella legislación no fueron dados con la exigencia de la intención moral en el seguimiento de ellos (en lo cual puso luego el Cristianismo el punto clave), sino que fueron solamente dirigidos a la observancia externa; lo cual se aclara también por el hecho de que, en segundo lugar, todas las consecuencias del cumplimiento o transgresión de estos mandamientos, toda recompensa o castigo, se limitan a aquello que en este mundo puede ser deparado a cualquiera, e incluso esto no según conceptos éticos, en cuanto que recompensa y castigo debían alcanzar también a la posteridad, que no había tomado parte práctica alguna en aquellas hazañas o crímenes, lo cual en una constitución política puede ser, desde luego, un medio sensato de procurarse docilidad, pero en una constitución ética sería contrario a toda equidad. Ahora bien, dado que no puede pensarse Religión alguna sin fe en una vida venidera, el judaísmo como tal, tomado en su pureza, no contiene fe religiosa alguna. Esto será aún corroborado por la siguiente observación. Apenas cabe dudar que los judíos, como otros pueblos, incluso los más bárbaros, deben haber tenido una fe en una vida venidera, por lo tanto su cielo y su infierno; pues esta creencia se impone por sí misma a todo el mundo en virtud de la universal disposición moral existente en la naturaleza humana. Por lo tanto, ha ocurrido con seguridad adrede que el legislador de este pueblo, aunque sea representado como Dios mismo, no haya querido tomar en la menor consideración la vida venidera, lo cual demuestra que ha querido fundar solamente una comunidad política, no una comunidad ética; pero hablar en la primera de recompensas y castigos que no pueden hacerse visibles aquí en la vida habría sido, en tal supuesto, un proceder totalmente inconsecuente e inconveniente. Aunque no hay que dudar que los judíos se han hecho después, cada uno para sí mismo, una cierta fe religiosa que ha sido mezclada con los artículos de su fe estatutaria, sin embargo tal fe religiosa no ha constituido nunca una parte perteneciente propiamente a la legislación del judaísmo. En tercer lugar, que el judaísmo haya constituido una época perteneciente a la condición de la iglesia universal, o incluso esta iglesia misma en relación a su tiempo, es hasta tal punto erróneo que más bien excluyó de su comunidad a todo el género humano, como un pueblo particular elegido para sí por Jehová, pueblo que consideraba enemigos a todos los demás y por ello era considerado enemigo por todos.—A este respecto no hay que colocar tan alto el hecho de que este pueblo pusiese como universal soberano del mundo un Dios único y no representable por ninguna imagen visible, pues en la mayoría de los otros pueblos se encuentra que su doctrina de fe iba a parar igualmente a eso y sólo por la veneración de ciertos seres divinos poderosos subordinados a aquél se hizo sospechosa de politeísmo, pues un Dios que sólo quiere el seguimiento de tales mandamientos, para lo cual no se requiere una intención moral mejorada, no es propiamente aquel ser moral cuyo concepto necesitamos para una Religión. Esta encontraría lugar aun antes cabe una creencia en muchos seres invisibles poderosos de este tipo —si un pueblo se los figurase, por ejemplo, de modo que, junto a la diversidad de sus departamentos, coincidiesen en juzgar digno de su complacencia sólo al que se adhiriese con todo su corazón a la virtud— que si la fe está dedicada sólo a un único ser que hace de un culto mecánico lo principal.


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