La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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Pero toda fe que como fe histórica se funda en libros necesita para su garantía un público erudito en el cual pueda en cierto modo ser controlada a través de escritores contemporáneos que no son sospechosos de un particular compromiso con los primeros difusores de la fe y cuya conexión con nuestra literatura actual se ha mantenido ininterrumpida. La pura fe racional por el contrario no necesita de tal documentación, sino que se demuestra ella misma. Ahora bien, en el tiempo de aquella revolución, en el pueblo que dominaba a los judíos y que se había difundido incluso en el lugar en que ellos habitaban (el pueblo romano), había ya un público erudito por el cual también la historia de aquel tiempo, por lo que toca a los acontecimientos en la constitución política, nos ha sido transmitida a través de una serie ininterrumpida de escritores; además este pueblo, aunque se ocupaba poco de las creencias religiosas de sus súbditos no romanos, no fue en ningún modo incrédulo con respecto a los milagros que hubiesen acontecido públicamente entre ellos; con todo, los romanos no mencionaron en cuanto contemporáneos nada de aquellos milagros ni de la revolución, ocurrida sin embargo públicamente, que los mismos produjeron (por lo que se refiere a la Religión) en un pueblo que les estaba sometido. Sólo tarde, después de más de una generación, realizaron investigaciones sobre la calidad de este cambio de creencias que hasta entonces les había permanecido desconocido (el cual no había ocurrido sin movimiento público), pero ninguna acerca de la historia de su primer comienzo, para buscarla en sus propios anales. Desde este tiempo a aquel en que el Cristianismo constituyó para sí mismo un público erudito es por ello oscura su historia, y por lo tanto permanece desconocido para nosotros qué efecto tuvo su doctrina sobre la moralidad de sus fieles, si los primeros cristianos fueron efectivamente hombres moralmente mejorados o bien gentes de cuño ordinario. Pero desde que el propio Cristianismo llegó a ser un público erudito o penetró en el público universal, su historia, por lo que se refiere al efecto beneficioso que con razón puede esperarse de una Religión moral, no le sirve en modo alguno de recomendación.—Cómo exaltaciones místicas en la vida eremítica o monacal y el encarecimiento de la santidad del estado célibe hicieron inútiles para el mundo a gran número de hombres; cómo presuntos milagros relacionados con ello oprimieron al pueblo con pesadas cadenas bajo una ciega superstición; cómo, imponiéndose a hombres libres una jerarquía, se alzó la terrible voz de la ortodoxia en la boca de pretenciosos intérpretes de la Escritura reputados como únicos y dividió el mundo cristiano en partidos enconados con motivo de opiniones de fe (a las cuales, si no se apela a la Razón pura como intérprete, no puede llevarse absolutamente ningún acuerdo universal); cómo en Oriente, donde el Estado se ocupaba ridículamente de los estatutos de fe de los sacerdotes y de los asuntos del clero, en vez de mantener a los clérigos en los estrictos límites de una condición de maestros (de la cual estuvieron siempre inclinados a pasar a la de gobernantes), cómo, digo, este Estado había de ser al fin inevitablemente presa de enemigos exteriores que pusieron fin a su creencia dominante; cómo en Occidente, donde la fe erigió su propio trono, independiente del poder mundano, el orden civil, junto con las ciencias (que lo sostienen), fue trastornado y privado de fuerza por un presunto lugarteniente de Dios; cómo ambas partes del mundo cristiano, cual las plantas y animales que, próximos a la descomposición por una enfermedad, atraen insectos destructores que la llevan a cabo, fueron atacadas por los bárbaros; cómo en la parte occidental aquel jefe espiritual dominaba y castigaba a reyes como a niños mediante la varita mágica de la excomunión —amenazándolos con ella—, los incitaba a guerras, extranjeras (las Cruzadas) que despoblaban otra parte del mundo y a hacerse la guerra unos a otros, incitaba a la rebelión de los súbditos contra la autoridad de los reyes y al odio feroz contra los compañeros de uno y el mismo Cristianismo, llamado universal, que pensaban de otro modo; cómo la raíz de esta discordia, que incluso ahora sólo por el interés político es apartada de erupciones violentas, se encuentra escondida en el principio de una fe eclesial que manda despóticamente, y deja siempre temer escenas semejantes: esta historia del Cristianismo (que, en cuanto éste debía ser erigido sobre una fe histórica, tampoco podía ocurrir de otro modo), si se la capta en una mirada como un cuadro, podría justificar la exclamación: tantum Religio potuit suadere malorum![87], si de la institución del Cristianismo no resultase con todo bastante claro que su verdadera mira primera no ha sido ninguna otra que introducir una fe religiosa pura, sobre la cual no pueden darse opiniones en conflicto, en tanto que todo ese tumulto por el que el género humano fue perturbado y es aún dividido proviene sólo de que, por una propensión de la naturaleza humana, lo que al principio debía servir para introducir la fe religiosa pura, esto es: para ganar a la nación acostumbrada a la antigua fe —histórica— para la nueva a través de sus propios prejuicios, fue hecho luego fundamento de una universal Religión del mundo.


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