La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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Si ahora se pregunta qué tiempo de toda la historia de la iglesia hasta ahora conocida es el mejor, no dudo en decir: es el actual, y lo es de modo que se puede simplemente dejar que se desarrolle más y más, sin impedimento, el germen de la verdadera fe religiosa tal como ahora ha sido puesto, ciertamente sólo por algunos, pero públicamente, en la Cristiandad, para esperar de ello una aproximación continua a aquella iglesia que une para siempre a todos los hombres, la cual constituye la representación visible (el esquema) de un reino invisible de Dios sobre la tierra.—La Razón, liberándose, en las cosas que según su naturaleza deben ser morales y mejorar el alma, del peso de una fe expuesta constantemente al albedrío del intérprete, ha aceptado universalmente en todos los países de nuestra parte del mundo entre los que verdaderamente veneran la Religión (aunque no en todos los casos de modo público) en primer lugar el principio de la justa moderación en los juicios sobre todo lo que se llama revelación: que, puesto que a una Escritura que según su contenido práctico encierra solamente un contenido divino nadie puede negarle la posibilidad de ser considerada efectivamente como revelación divina (a saber: con respecto a lo que en ella es histórico), y que asimismo la ligazón de los hombres en una Religión no puede convenientemente llevarse a cabo y hacerse estable sin un libro santo y una fe eclesial fundada en él; puesto que además, tal cual es el estado actual de la inteligencia humana, difícilmente esperará nadie una nueva revelación introducida mediante nuevos milagros, —es lo más razonable y lo más justo seguir usando este libro, una vez que existe, como base de la enseñanza eclesial y no debilitar su valor mediante ataques inútiles o petulantes, pero a la vez no imponer a ningún hombre la fe en él como precisa para la beatitud. El segundo principio es: dado que la historia santa, que fue establecida sólo por causa de la fe eclesial, no puede ni debe tener por sí sola absolutamente ningún influjo sobre la aceptación de máximas morales, sino que ha sido dada a la fe sólo en orden a la presentación viviente de su verdadero objeto (de la virtud que tiende a la santidad), esa historia ha de ser enseñada y explicada en todo caso como orientada a lo moral, pero junto a ello ha de inculcarse cuidadosamente y (puesto que el hombre común tiene especialmente en sí una propensión constante a pasar a la fe pasiva[*]) reiteradamente que la verdadera Religión no ha de ser puesta en saber o profesar lo que Dios hace o ha hecho para que nosotros lleguemos a la beatitud, sino en aquello que nosotros hemos de hacer para llegar a ser dignos de ello, lo cual nunca puede ser algo distinto que aquello que tiene por sí mismo un valor incondicionado indudable y es por lo tanto lo único que puede hacernos agradables a Dios, y a la vez lo único de cuya necesidad puede todo hombre llegar a estar plenamente cierto sin erudición escrituraria alguna.—No poner obstáculo a estos principios, para que se hagan públicos, es deber del gobernante; por el contrario, resulta muy arriesgado y compromete mucho la propia responsabilidad entrometerse en el camino de la Providencia divina y, para complacer a ciertas doctrinas eclesiales históricas que por sí tienen a lo sumo una verosimilitud a discutir por eruditos, tentar la conciencia de los súbditos mediante el ofrecimiento o la negación de ciertas ventajas civiles, en otro caso abiertas a todos[*], lo cual, sin contar el quebranto que por ello acontece para una libertad en este caso santa, difícilmente puede procurar al Estado buenos ciudadanos. Quién de los que se ofrecen para obstaculizar tal libre desarrollo de disposiciones divinas en orden al bien del mundo, e incluso proponen tal obstaculización, querría, si medita sobre ello consultando a su conciencia, responder de todo el mal que puede surgir de tales intromisiones violentas, por las cuales el progreso en el bien, que es mira del gobierno del mundo, podría ser por largo tiempo entorpecido e incluso obligado a retroceder, si bien no puede en ningún caso ser suprimido totalmente por ningún poder ni institución humana.


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