La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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Finalmente, el reino de los cielos es representado en esta historia, por lo que toca a la dirección de la Providencia, no sólo como en un acercamiento detenido en ciertas épocas pero nunca interrumpido del todo, sino también en su entrada. Puede interpretarse como una representación simbólica orientada sólo a la mayor vivificación de la esperanza y del denuedo y ambición en orden a ese reino si a este relato histórico es añadida además una profecía (como en los libros sibilinos) acerca de la consumación de esta gran mutación del mundo en la imagen de un reino visible de Dios sobre la tierra (bajo el gobierno de su representante y lugarteniente descendido de nuevo) y de la felicidad que bajo él, tras la separación y expulsión de los rebeldes que intentan una vez más la resistencia, debe gozarse aquí en la tierra, junto con la total exterminación de aquellos y de su caudillo (en el Apocalipsis), y así el fin del mundo constituye la decisión de la historia. El maestro del Evangelio ha mostrado a sus discípulos el reino de Dios sobre la tierra sólo del lado magnífico, que eleva el alma, del lado moral, a saber: del lado de la dignidad de ser ciudadano de un Estado divino, y les ha indicado lo que tendrían que hacer no sólo para llegar ellos mismos a ello, sino para unirse en ello con otros de la misma intención y en lo posible con todo el género humano. Pero por lo que toca a la felicidad, que constituye la otra parte de los inevitables deseos del hombre, les dijo de antemano que no podrían contar con ella en su vida terrena. Los preparó más bien para estar dispuestos a las mayores tribulaciones y sacrificios; sin embargo (porque una renuncia total a lo físico de la felicidad no puede exigirse al hombre en tanto que existe) añadió: «Estad alegres y confiados, lo que hagáis os será recompensado en el cielo». La mencionada adición a la historia de la iglesia, que toca al destino venidero y último de ella, la representa como triunfante, esto es: como coronada aun aquí en la tierra de felicidad tras haber superado todos los obstáculos.—La separación de los buenos respecto a los malos, que durante el progreso de la iglesia hacia su perfección no habría sido conveniente a este fin (en cuanto que la mezcla de buenos y malos era necesaria, en parte para servir a los primeros de piedra de afilar de la virtud, en parte para apartar a los otros del mal por el ejemplo), es representada tras la erección consumada del Estado divino como la última secuela de ella; entonces se añade aún la última prueba de la firmeza de este Estado considerado como poder, su triunfo sobre todos los enemigos externos, que son asimismo considerados también como en un Estado (el Estado infernal), con lo cual tiene entonces fin toda vida terrena en cuanto que «el último enemigo (del hombre bueno), la muerte, es derogado» y se abre la inmortalidad por ambas partes, para una como salud, para la otra como perdición, la forma misma de una iglesia es disuelta, el lugarteniente en la tierra entra en una clase con los hombres, elevados a él como ciudadanos del cielo, y así Dios es todo en todo[*] [88].


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