Deseo bajo el Sol
Deseo bajo el Sol El rechazo golpeó como un trueno, pero Michael no se inmutó. La intensidad en sus ojos se mantuvo. —Usted lo dice ahora, pero lo sé, Miss Remy, su corazón me pertenece.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lilah, no por lo que dijo, sino porque, en su periferia, algo cambió. Una sombra surgió de la penumbra de los jardines, al principio indistinta, luego definida: alta, elegante, con el porte de un depredador que se mueve sin perturbar el aire. La figura se acercó, y cuando la luz tenue del porche rozó su rostro, Lilah sintió un destello de algo que no había experimentado antes: peligro y atracción, entrelazados.
Michael se levantó de un salto, movido por una indignación territorial. —¡¿Quién es usted para interrumpirnos?!
El extraño, con un cabello negro amarrado en la nuca y una sonrisa que prometía tanto peligro como encanto, inclinó levemente la cabeza. —Alguien que sabe reconocer cuando una dama necesita ayuda —respondió con una voz tan rica como el terciopelo.
—¡Impertinente! —Michael avanzó, pero Lilah, sin pensarlo demasiado, alzó una mano para detenerlo. —Señor Calvert, creo que es suficiente por esta noche.
