El Libro de la selva
El Libro de la selva Mowgli la miró con pereza y, como siempre, ella bajó la cabeza. La pantera negra sabÃa quién era el señor de la selva. Estaban tumbados en la cima de una colina que daba al Waingunga y la niebla de la mañana estaba suspendida debajo de ellos en bandas blancas y grises. Cuando el sol salió, todo se tornó en un burbujeante mar de rojo dorado cuyos rayos fueron a caer en la hierba seca sobre la que descansaban. Era el final del invierno, las hojas parecÃan ajadas y marchitas, y el viento producÃa un murmullo tintineante allà donde soplaba. El ruido hizo levantarse a Bagheera, que olfateó el aire y dio un profundo estornudo.
—El tiempo va a cambiar —comentó—. La jungla avanza. La Estación de la Nueva Palabra está a punto de llegar. Las hojas lo saben y todo sucede como debe ser.
En ese momento, desde un árbol se oyó el canto algo ronco de un pájaro que entonaba las primeras notas de su canción de primavera. No era nada más que un ensayo de la sonora y jubilosa llamada que lanzarÃa dÃas más tarde. Bagheera la oyó y gruñó, sacudiendo la cola.
—Ese es el pájaro carpintero. Él no se ha olvidado y yo debo también recordar mi canción de primavera, para tenerla preparada para cuando la necesite.