El Libro de la selva
El Libro de la selva —¡Vaya! No me habÃa acordado; pero sabré que la época de la Nueva Palabra habrá llegado porque tú y los demás os escaparéis y me dejaréis solo —dijo Mowgli contrariado.
—Verás, Hermanito —comenzó a decir Bagheera—, nosotros no siempre…
—¿Que no? —dijo Mowgli señalándola disgustado con su dedo Ãndice—. Vosotros os iréis corriendo y yo, que soy el amo de la selva, tendré que caminar solo. ¿Qué pasó la pasada estación, cuando yo querÃa coger caña de azúcar del campo del Pueblo de los Hombres y le envié un mensaje a Hathi para que fuera por la noche y la arrancara con su trompa para mÃ?
—Bueno, no lo hizo aquella noche, pero fue dos noches después —se justificó Bagheera algo apocada—. Y te cogió tantas que ningún cachorro de hombre podrÃa comérselas en todas las noches de la estación de las lluvias.
—Pero no fue aquella noche. No. Estaba corriendo y bramando y trompeteando por los valles, y bailando a la luz de la luna. Dejó un rastro como el de tres elefantes. Yo lo vi y ni siquiera quiso venir a darme explicaciones, y eso que soy el amo de la selva.
—Era la Estación de la Nueva Palabra —añadió la pantera humildemente—. Quizá, Hermanito, tú no lo llamaste con la Palabra Clave. Escucha ahora al pájaro y alégrate.