El Libro de la selva

El Libro de la selva

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—Oídme. No hay motivo para seguir con esta discusión. Me habéis dicho tantas veces esta noche que soy un hombre, aunque yo realmente hubiera sido un lobo de vuestro grupo hasta el fin de mis días, que siento que vuestras palabras son verdaderas. Así que nunca más os volveré a llamar mis hermanos, sino perros, como corresponde a un hombre. Lo que hagáis o no ya no es asunto vuestro, sino mío, y para que comprendáis mejor lo que quiero decir he traído aquí un poco de la flor roja, a la que vosotros, perros, tanto teméis.

Lanzó la vasija contra el suelo y algunos carbones ardientes prendieron las hierbas secas, al tiempo que todo el Consejo saltaba hacia atrás de terror ante las crecientes llamas. Mowgli metió una rama en el fuego hasta que comenzó a arder y a chisporrotear, y la hizo girar sobre su cabeza entre los lobos encogidos por el miedo.

—Tú eres el jefe —le dijo Bagheera en voz baja—. Salva a Akela de la muerte. Él siempre fue tu amigo.

Akela, el lobo viejo y taciturno, que jamás había pedido misericordia en su vida, dirigió una mirada de piedad a Mowgli, que seguía desnudo, de pie, con su largo pelo cubriéndole los hombros, a la luz de la rama chispeante que hacía temblar las sombras.


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