El Libro de la selva

El Libro de la selva

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—¡Levántate, perro! —le gritó—. Levántate cuando te hable un hombre o te abrasaré el abrigo. —Y cogiendo un leño al rojo vivo prosiguió—. Este cazador de ganado dijo que me mataría ante el Consejo porque no me había podido matar cuando yo era un niño. Mirad, así castigamos los hombres a los perros. Atrévete a mover un pelo y te meto la flor roja por el gaznate. —Y golpeó con la rama encendida la cabeza de Shere Khan, que gemía y lloriqueaba en una agonía de pánico—. ¡Bah! Gato de la jungla chamuscado, ¡lárgate! Y recordad que la próxima vez que venga a la Roca del Consejo como un hombre será con su piel sobre mi cabeza. Por lo demás, Akela queda libre para vivir como quiera. No lo mataréis, porque esta no es mi voluntad. Y vosotros, los seguidores de Shere Khan, tampoco os quedaréis aquí sentados por más tiempo, como si fuerais notables, porque yo os echo. ¡Fuera!

Mowgli cogió otra rama encendida y la agitó alrededor del círculo, y los lobos huyeron despavoridos, con las chispas quemándoles las patas. Al fin, quedaron Akela, Bagheera y quizá diez lobos que habían permanecido fieles a Mowgli. En ese momento empezó a sentir un dolor dentro de él, como nunca había experimentado antes en su vida, que le quebró la respiración y las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.


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