El Libro de la selva

El Libro de la selva

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—Sí, andaremos por las ramas todo el día. Es lo que me han prometido. ¡Viva!

Baloo levantó con su enorme pata a Mowgli de la espalda de Bagheera y sosteniéndole en el aire, le preguntó muy enfadado:

—Mowgli, ¿es que has estado hablando con los Bandar-log, el Pueblo de los Monos?

Mowgli miró a Bagheera y vio que estaba también muy enojada. Sus ojos verdes relucían como dos piedras de jade.

—¡Bueno! Cuando Baloo me riñó el otro día —dijo Mowgli justificándose— yo me marché muy triste y los monos grises bajaron de los árboles y me compadecieron. Nadie más vino a consolarme —lloriqueaba—. Y me dieron de comer frutas muy ricas, y me llevaron en brazos hasta las copas de los árboles y me dijeron que yo era su hermano y que un día sería su líder.

—Ellos no tienen jefe —dijo Bagheera—, ni leyes. Y mienten siempre.

—Fueron muy afectuosos conmigo —continuó Mowgli— y me pidieron que volviera otra vez. ¿Por qué no me habéis llevado nunca con el Pueblo de los Monos? Ellos andan a dos patas, como yo, y son muy simpáticos; juegan todo el día. Déjame jugar con ellos, Baloo.


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