A los que lloran la muerte de un ser querido
A los que lloran la muerte de un ser querido ¿No habrá, pues, en aquel mundo almas infelices? Sí, porque tal vida es necesariamente una secuela de ésta, y el hombre queda en todo concepto tal cual era antes de abandonar su cuerpo. Si sus goces en este mundo fueron bajos y groseros, se encontrará en aquel mundo sin poder gratificar tales deseos. Un borracho sufrirá deseos inextinguibles de beber, sin cuerpo ya con el cual apaciguarlos; al glotón le harán falta los placeres de la mesa; el avariento no encontrará oro que amontonar. El hombre que se ha acostumbrado a ceder en la tierra a las pasiones indignas sentirá que aún le corroen. La persona sensual aún palpitará con apetencias que ya no pueden ser satisfechas; el hombre celoso es aún desgarrado por sus celos, tanto más, cuanto que ya no puede impedir los actos de quien fue objeto de sus celos. Tales personas indudablemente sufren, —pero únicamente esa clase de seres— únicamente aquéllas cuyas tendencias y pasiones fueron groseras y físicas en su naturaleza. Y aún ellas pueden dominar en absoluto su propia suerte; con solo vencer tales inclinaciones inmediatamente se libran del sufrimiento que sus impulsos causan. Recuerda siempre que no hay tal castigo; no hay más que el resultado natural de una causa definida; de modo que solo se necesita remover la causa y cesa el efecto, no siempre inmediatamente, sino en cuanto la energía de la causa se agota.