Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Descorrió una cortina. Un largo pasillo, que conducía a la cocina, se ofreció a sus ojos. Ganimard lo atravesó corriendo y comprobó que la puerta de la escalera de servicio estaba cerrada con doble vuelta de llave.

Desde la ventana llamó a uno de los policías:

—¿Nadie?

—Nadie.

—¡Entonces está en el piso!… —gritó—. ¡Están escondidos en alguna de las habitaciones!… Es materialmente imposible que hayan escapado… ¡Ah, mi querido Lupin, tú te has burlado de mí, pero esta vez es mi revancha!

A las siete de la tarde el señor Dudouis, jefe de la Sûreté, extrañado de no recibir noticias, se presentó en la calle Clapeyron. Interrogó a los policías que vigilaban el inmueble y luego subió al piso del señor Detinan, el cual lo condujo a su dormitorio. Allí vio un individuo o, mejor dicho, dos piernas que se agitaban, mientras que el cuerpo al que pertenecían se hallaba empotrado en las profundidades de la chimenea.

—¡Eh!… ¡Eh!… —gritaba una voz ahogada.

Y otra voz más lejana, procedente de lo más alto, respondía:

—¡Eh!… ¡Eh!…

El señor Dudouis exclamó, riendo:


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