Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –Hay un «solamente», y helo aquÃ: comprenderá usted que, a pesar de las apariencias y de sus intenciones, yo no tengo intención alguna de perder mi tiempo. Usted tiene sus propios asuntos…,Yo tengo los mÃos. A usted le pagan por resolver sus asuntos. Yo resuelvo los mÃos… Y asà me pago a mà mismo. Pero el asunto que yo persigo en la actualidad es de aquellos que no permiten ni un solo minuto de descuido, ni un solo segundo de espera en la preparación y en la ejecución de los actos que conducen a realizarlo. Por tanto, yo lo prosigo, y, como quiera que usted me pone en la obligación pasajera de estar sesteando entre las cuatro paredes de una celda, es a ustedes dos, señores, a quienes encargo de mis intereses. ¿Comprendido?
Se habÃa puesto en pie, en actitud insolente y con una expresión venenosa en el rostro. Era tal la fuerza dominadora que manaba de este hombre, que sus dos interlocutores no se habÃan atrevido a interrumpirle.
El señor Formerie optó por reÃrse, en el papel de un observador que se divierte.
–Es gracioso. Es chusco.