Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Renunció a comprender e incluso a investigar el enigma, hasta tal punto presentía que toda la verdad iba a serle revelada. No tenía más que preparar su plan a fin de que el enemigo cayera en la trampa.
«O que caiga yo mismo en ella», pensaba, riendo.
Se sentía alegre, con el espíritu libre, y nunca antes se había anunciado para él una batalla con mayores posibilidades.
Desde el castillo un criado le trajo el telegrama que le había ordenado poner a Doudeville, y que el cartero acababa de entregar. Lo abrió y lo guardó en el bolsillo.
Poco antes de mediodía encontró a Pedro Leduc en uno de los paseos del parque, y sin más preámbulo le dijo:
–Te andaba buscando… Hay cosas graves… Es preciso que me respondas francamente. Desde que te encuentras en este castillo, ¿has visto alguna vez a algún otro hombre que no sean los criados alemanes que yo he colocado aquí?