Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin –No.
–Reflexiona bien. No se trata de un visitante cualquiera. Me refiero a un hombre que se ocultarÃa, cuya presencia tú hubieras comprobado…, o incluso que tú hubieras sospechado por algún indicio, por alguna huella.
–No… ¿Es que acaso usted habrá…?
–SÃ. Aquà se oculta alguien… Alguien ronda por aquÃ… ¿Dónde? ¿Y quién? ¿Y con qué objeto? Yo no lo sé…, pero lo sabré. Ya tengo presunciones. Por tu parte, estáte ojo alerta… Vigila… y, sobre todo, no le digas ni una palabra a la señora Kesselbach… Es inútil inquietarla…
Lupin se fue.
Pedro Leduc, sorprendido, desconcertado, reanudó su camino hacia el castillo.
En el trayecto, sobre el césped, vio un papel azul. Lo recogió. Era un telegrama. No se trataba de un papel cualquiera, arrugado, que se arroja sin darle importancia, sino que estaba plegado cuidadosamente… Perdido, sin duda, por alguien.