El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Cuando estuvimos cerca de él, se dignó vernos y nos preguntó de una forma poco halagüeña si necesitábamos algo. No cabía duda de que era el poco amable hospedero de aquella encantadora mansión. Cuando le manifestamos la esperanza de que se dignara servirnos de comer, nos confesó que no tenía provisiones y que se veía apurado para satisfacernos; y, mientras decía esto, nos miraba con unos ojos cuya desconfianza no lograba explicarme.
—Puede recibimos —le dijo Rouletabille—; no somos de la policía.
—No temo a la policía —respondió el hombre—; no temo a nadie.
Yo hacía señas a mi amigo para darle a entender que sería mejor no insistir, pero mi amigo, que tenía un evidente interés por entrar en la venta, pasó por debajo del hombro del hombre y entró en la sala.
—Entre —dijo—, se está muy bien aquí.