El Misterio del cuarto amarillo

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De hecho, una gran lumbre de leña ardía en la chimenea. Nos acercamos a ella y tendimos las manos al calor del hogar, pues aquella mañana ya se dejaba sentir el invierno. La pieza era bastante grande; todo su mobiliario consistía en dos gruesas mesas de madera, algunos taburetes y un mostrador donde se alineaban botellas de jarabe y de alcohol. Tres ventanas daban a la carretera. Un anuncio en la pared alababa, mediante los rasgos de una joven parisina que alzaba descaradamente su vaso, las virtudes aperitivas de un nuevo vermut. En la repisa de la alta chimenea, el ventero había dispuesto un gran número de cacharros y jarrones de barro y de cerámica.

—He aquí una hermosa chimenea para asar un pollo —dijo Rouletabille.

—No tenemos pollo —dijo el huésped—; ni siquiera un mal conejo.

—Ya sé —replicó mi amigo, con una voz burlona que me sorprendió—, ya sé que ahora habrá que comer matanza.




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