El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Confieso que yo no entendÃa nada de la frase de Rouletabille. ¿Por qué decÃa a aquel hombre: «Ahora habrá que comer matanza»? ¿Y por qué apenas oyó esta frase soltó el ventero un taco que ahogó en seguida y se puso a nuestra disposición tan dócilmente como el mismo Robert Darzac cuando oyó las fatÃdicas palabras: «La rectoral no ha perdido nada de su encanto ni el jardÃn de su esplendor…»? Decididamente, mi amigo tenÃa el don de que la gente lo comprendiera con frases completamente incomprensibles. Se lo hice observar, y se sonrió. Yo habrÃa preferido que me diera alguna explicación, pero puso un dedo en la boca, lo que significaba que no sólo me prohibÃa hablar, sino que me recomendaba el silencio. Mientras tanto, el hombre, empujando una puertecita, pidió a gritos que le trajeran media docena de huevos y «el trozo de solomillo bajo». El encargo fue realizado en seguida por una mujer joven, muy vivaracha, de admirable pelo rubio y cuyos grandes ojos dulces nos miraron con curiosidad.
El ventero le dijo con voz dura:
—Vete. ¡Y que no te vea yo si viene por aquà el hombre verde!