El Misterio del cuarto amarillo

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Y ella desapareció. Rouletabille se apoderó de los huevos que le trajeron en un tazón y de la carne que le sirvieron en una fuente, lo colocó todo con mucha precaución a su lado en la chimenea, descolgó una sartén y una parrilla que estaban colgadas en el hogar y empezó a batir los huevos para la tortilla mientras esperaba a poner el bistec en la parrilla. Encargó también al hombre dos buenas botellas de sidra y parecía ocuparse tan poco del hospedero como el hospedero se ocupaba de él. Unas veces el hombre no le quitaba los ojos de encima y otras me miraba con un aire de ansiedad que en vano intentaba disimular. Dejó que nos hiciéramos la comida y puso nuestro cubierto al lado de una ventana.

De repente, le oí susurrar:

—¡Ah! ¡Ahí está!

Y, con el rostro demudado, expresando únicamente un odio atroz, fue a pegarse a la ventana y miró la carretera. No tuve que avisar a Rouletabille. El joven había ya soltado la tortilla y se reunió con el hospedero en la ventana. También fui yo.



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