El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Había una hermosa luna clara y vi en seguida que no habían tocado la ventana. Los barrotes seguían intactos y las contraventanas detrás de los barrotes también estaban cerradas tal como yo mismo las había cerrado la víspera, como todas las noches, aunque la señorita, que sabía que estaba muy cansado y sobrecargado de trabajo, me dijera que no me molestara, que ella misma las cerraría; y habían quedado tal como yo las dejé, sujetas «por dentro» con una aldabilla. Así pues, el asesino no había podido pasar por allí y no podía escapar por allí, ¡pero tampoco yo podía entrar por allí!
¡Ésa era nuestra desgracia! Por mucho menos habría uno perdido la cabeza: la puerta del cuarto cerrada con llave «por dentro»; las contraventanas de la única ventana, cerradas también «por dentro», y, por encima de las contraventanas, los barrotes intactos, unos barrotes por los que no podría usted pasar el brazo… ¡Y la señorita que seguía pidiendo socorro…! O, mejor dicho, no, ya no la oíamos… Quizá había muerto… Pero, al fondo del pabellón, yo seguía oyendo al señor que intentaba derribar la puerta…