El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Cinco minutos más tarde toda aquella gente estaba reunida en el laboratorio. El jefe de la Seguridad, que acababa de llegar al Glandier, se reunió con nosotros en ese mismo momento. Yo estaba sentado a la mesa del señor Stangerson, listo para empezar, cuando el señor Marquet nos dirigió este pequeño discurso, tan original como inesperado:

—Si les parece, señores —decía—, ya que los interrogatorios no aportan nada, vamos a abandonar por una vez el viejo sistema de los interrogatorios. No los haré venir ante mí uno por uno, no. Nos quedaremos todos aquí: el señor Stangerson, el señor Robert Darzac, el tío Jacques, los dos porteros, el señor jefe de la Seguridad, el señor secretario y yo. Y todos estaremos aquí «al mismo nivel»; los porteros tendrán que olvidar un instante que están detenidos. «¡Vamos a charlar!» Los he hecho venir «para charlar». Estamos en el lugar del crimen; bueno, ¿de qué vamos a charlar si no es del crimen? ¡Así pues, hablemos de él! ¡Hablemos de él! Con abundancia, con inteligencia o con estupidez. Digamos todo lo que se nos pase por la cabeza. Hablemos sin método, ya que el método no resulta. Dirijo una ferviente plegaria al dios Azar, el azar de nuestras concepciones. ¡Empecemos!…

Dicho lo cual, y como pasaba delante de mí, me dijo en voz baja:


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