El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —¡Qué escena, eh!, ¿no le parece? ¿Se lo hubiera imaginado? Haré con ello un pequeño acto para el vodevil.
Y se frotaba las manos con júbilo.
Dirigí la mirada hacia el señor Stangerson: la esperanza que había nacido en él desde el último parte de los médicos, quienes habían comunicado que la señorita Stangerson podría sobrevivir a sus heridas, no había borrado de aquel noble rostro las huellas del más profundo dolor.
Aquel hombre había imaginado a su hija muerta y aún seguía deshecho. Sus ojos tan dulces y claros expresaban entonces una infinita tristeza. Varias veces había tenido yo la ocasión de ver al señor Stangerson en ceremonias públicas. Desde el primer momento me había impresionado su mirada tan pura como la de un niño: la mirada soñadora, la mirada sublime e inmaterial del inventor o del loco.