El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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En aquellas ceremonias, delante de él o a su lado, siempre veíamos a su hija, pues nunca se separaban, compartiendo —se decía— los mismos trabajos desde hacía largos años. Aquella virgen, que tenía entonces treinta y cinco años y apenas aparentaba treinta, que se había dedicado por completo a la ciencia, suscitaba aún la admiración por su imperial belleza, que había permanecido intacta, sin una arruga, victoriosa del tiempo y del amor… ¿Quién me iba a decir entonces que un día no lejano me encontraría a su cabecera con mis papeles y que la vería casi moribunda contarnos con esfuerzo el más monstruoso y misterioso atentado que jamás hubiera oído en toda mi carrera? ¿Quién me habría dicho que me encontraría, como aquella tarde, frente a un padre desesperado que intentaba en vano explicarse cómo había podido escapársele el asesino de su hija? ¿De qué sirve, pues, el trabajo silencioso, al fondo del oscuro retiro de los bosques, si no le preserva a uno de las grandes catástrofes de la vida y de la muerte, reservadas ordinariamente para los hombres que frecuentan las pasiones de la ciudad[3]?.

—Vamos a ver, señor Stangerson —dijo el señor Marquet dándose un poco de importancia—, colóquese exactamente en el sitio donde estaba cuando le dejó la señorita Stangerson para entrar en su cuarto.


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