El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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El señor Stangerson se levantó y, colocándose a cincuenta centímetros de la puerta del «Cuarto Amarillo», dijo con una voz sin acento, sin color, con una voz que yo calificaría de muerta:

—Estaba aquí. Hacia las once, después de proceder a un corto experimento de química en los hornos del laboratorio, corrí mi mesa hasta aquí, pues el tío Jacques, que se pasó la noche limpiando algunos de mis aparatos, necesitaba todo el espacio que había detrás de mí. Mi hija trabajaba en la misma mesa que yo. Cuando se levantó, después de besarme y dar las buenas noches al tío Jacques, tuvo que deslizarse con bastante dificultad entre mi mesa y la puerta para poder entrar en su cuarto. Eso para que vea que me encontraba cerca del lugar donde se iba a cometer el crimen.

—¿Y la mesa?… —interrumpí yo, que, al tomar parte en aquella «conversación», obedecía a los deseos expresados por mi jefe—. La mesa, señor Stangerson, en cuanto usted oyó gritar: «¡Al asesino!», y sonaron los tiros…, ¿qué fue de la mesa?

El tío Jacques contestó:

—La arrojamos contra la pared, ahí, más o menos donde está ahora, para poder precipitarnos a gusto sobre la puerta, señor secretario…

Seguí mi razonamiento, al que por lo demás sólo daba una importancia de débil hipótesis:


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