El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Oh!… —exclamó el tío Jacques—. Es una vieja y sólida puerta del castillo, que fue transportada aquí…, una puerta como no las hay hoy. Necesitamos esa barra de hierro para hacernos con ella, entre los cuatro…, pues la mujer del portero ayudó también, como buena mujer que es, señor juez. ¡Sí que es lamentable verlos en la cárcel a estas horas!

Apenas pronunció el tío Jacques esta frase de lástima y protesta cuando se reanudaron los lloros y las jeremiadas de los dos porteros. Nunca he visto acusados tan lacrimógenos. Yo estaba profundamente asqueado[4]. Incluso admitiendo su inocencia, no comprendía que dos seres pudieran hasta ese punto carecer de carácter ante la desgracia. Una actitud clara en tales momentos vale más que todas las lágrimas y las desesperaciones, que a menudo son fingidas e hipócritas.

—¡Bueno! —exclamó el señor Marquet—. ¡Dejen de chillar otra vez así, y dígannos, por su bien, lo que estaban haciendo debajo de las ventanas del pabellón en el momento en que atentaban contra su ama! Porque estaban muy cerca del pabellón cuando los encontró el tío Jacques…

—Veníamos en su ayuda —gimieron.

Y la mujer entre hipo e hipo chilló:

—¡Ah! ¡Si estuviera entre nuestras manos el asesino, le haríamos hincar el pico…!


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