El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Es imposible. No creo en la complicidad de mis porteros, aunque no entiendo qué podÃan hacer en el parque a esa hora tardÃa de la noche. Digo que es imposible porque la mujer del portero llevaba la lámpara y no se movió del umbral del cuarto; porque yo, una vez derribada la puerta, me arrodillé cerca del cuerpo de mi hija, ¡y porque era imposible que alguien entrara o saliera de este cuarto por la puerta sin pasar sobre el cuerpo de mi hija y sin derribarme a mÃ! Es imposible, porque el tÃo Jacques y el portero no tuvieron más que echar una ojeada al cuarto y debajo de la cama, como yo lo hice al entrar, para ver que ya no habÃa nadie en el cuarto, a excepción de mi hija agonizando.
—¿Qué piensa usted, señor Darzac, usted que no ha dicho nada todavÃa?
El señor Darzac respondió que no pensaba nada.
—¿Y usted, señor jefe de la Seguridad?
Hasta entonces el señor Dax, el jefe de la Seguridad, únicamente habÃa escuchado y examinado los lugares. Por fin, se dignó despegar los labios:
—Mientras se encuentra al criminal habrÃa que descubrir el móvil del crimen. Ello nos harÃa avanzar un poco más —dijo.