El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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También tengo que decirle que el «Cuarto Amarillo» es muy pequeñito. La señorita lo había amueblado con una cama de hierro bastante ancha, una mesa pequeña, una mesilla de noche, un tocador y dos sillas. Por eso, a la luz de la gran lámpara que llevaba la portera, lo vimos todo a la primera ojeada. La señorita, en camisón, estaba en el suelo en medio de un desorden increíble. Mesas y sillas caídas indicaban que allí había habido una fuerte «pelea». Con toda seguridad habían sacado a la señorita de su cama; estaba llena de sangre, con terribles señales de uñas en el cuello —tenía el cuello casi destrozado por las uñas—, y con un agujero en la sien derecha, de donde corría un hilo de sangre que había formado un charco en el suelo. Cuando el señor Stangerson vio a su hija en semejante estado, se arrojó sobre ella dando tales gritos de desesperación que daba lástima oírlo. Vio que la desgraciada seguía respirando y no se ocupó más que de ella. Nosotros buscamos al asesino, al miserable que había querido matar a nuestra ama, y le juro que, de haberlo encontrado, no hubiéramos respondido de su pellejo. Pero ¿cómo explicar que no estaba allí, que ya había escapado?… Esto sobrepasa todo lo imaginable. Nadie debajo de la cama, nadie detrás de los muebles, nadie. Sólo encontramos sus huellas; las huellas ensangrentadas de una ancha mano de hombre en las paredes y en la puerta, un gran pañuelo rojo de sangre, sin ninguna inicial, una vieja boina y las marcas recientes en el suelo de muchos pasos de hombre. El hombre que había andado por allí tenía un pie grande y la suela de sus zapatos dejaba una especie de hollín negruzco. ¿Por dónde había pasado ese hombre? ¿Por dónde se había desvanecido? «No olvide, señor, que no había chimenea en el “Cuarto Amarillo”». No podía haber escapado por la puerta, que es muy estrecha y por cuyo umbral entró la portera con su lámpara mientras el portero y yo buscábamos al asesino en ese reducido cuarto cuadrado, donde es imposible esconderse y donde, por lo demás, no encontramos a nadie. La puerta, medio derribada y echada contra la pared, no podía disimular nada, como de hecho comprobamos. Nadie había podido escapar por la ventana, que permaneció cerrada con las contraventanas echadas y los barrotes intactos. ¿Entonces? Entonces… empezaba yo a creer en el diablo.


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