El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—Es probable que su sospecha (más que su sospecha, su razonamiento), que se dirige también directamente a Robert Darzac, se vea favorecida por algo palpable que «él» palpa y que yo no palpo… ¿Será ese bastón?… ¿Dónde diablos ha podido encontrar ese bastón?…

En Epinay hubo que esperar el tren veinte minutos. Entramos en un bar. Al momento, la puerta volvía a abrirse detrás de nosotros y Frédéric Larsan hizo su aparición, esgrimiendo el famoso bastón…

—¡Lo encontré! —nos dijo riendo.

Los tres nos sentamos a una mesa. Rouletabille no apartaba los ojos del bastón; estaba tan absorto que no vio una seña de complicidad que Larsan dirigió a un empleado del ferrocarril, un hombre joven, con la barbilla cubierta por una perilla rubia mal peinada. El empleado se levantó, pagó su consumición, saludó y salió. Tampoco yo habría dado la menor importancia a esa señal si no hubiera vuelto a mi memoria unos días más tarde, cuando reapareció la perilla rubia en uno de los minutos más trágicos de este relato. Supe entonces que la perilla rubia era un agente de Larsan, encargado por él mismo de vigilar las idas y venidas de los viajeros en la estación de Epinay-sur-Orge, pues Larsan no descuidaba nada de lo que creía poder serle útil.

Dirigí mis ojos hacia Rouletabille.


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