El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¡Oh!… ¡Oh!

Y repetía: ¡Oh!… ¡Oh!, como si de repente su pensamiento le hubiera vuelto loco…

Se levantó, me puso la mano en el hombro, se rió como un insensato y me dijo:

—¡Estos quevedos me volverán loco! Porque, ¿ve usted?, la cosa es posible, «matemáticamente hablando»; pero «humanamente hablando» es imposible…, o entonces… o entonces… o entonces…

Dieron dos golpecitos a la puerta de la habitación; Rouletabille entreabrió la puerta; una cara se asomó. Reconocí a la portera por haberla visto pasar delante de mí cuando la trajeron al pabellón para el interrogatorio, y me extrañé, pues creía que esta mujer seguía detenida. La mujer dijo en voz muy baja:

—¡En la ranura del parquet!

Rouletabille respondió: «¡Gracias!», y la cara desapareció. Se volvió hacia mí después de volver a cerrar cuidadosamente la puerta. Y pronunció unas palabras incomprensibles con aire de espanto:

—Puesto que la cosa es «matemáticamente» posible, ¿por qué no lo sería «humanamente»…? Pero si la cosa es «humanamente» posible, ¡el caso es formidable!

Interrumpí a Rouletabille en medio de su soliloquio.


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