El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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—¿Así que los porteros están ya en libertad? —pregunté.

—Sí —me respondió Rouletabille—. Conseguí ponerlos en libertad. Necesito gente segura. La mujer se desvive por mí y el portero se dejaría matar por mí… ¡Y puesto que los quevedos tienen cristales de présbita, ciertamente voy a necesitar gente fiel que se deje matar por mí!

—¡Oh! ¡Oh! —dije—. No sonría, amigo… ¿y cuándo habrá que dejarse matar?

—¡Pues esta noche! ¡Porque tengo que decirle, amigo mío, que esta noche espero al asesino!

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!… ¿Espera al asesino esta noche?… ¿De verdad, de verdad, espera al asesino esta noche?… Pero ¿conoce usted al asesino?

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Ahora puede ser que lo conozca. Sería un loco si afirmara categóricamente que lo conozco, pues la idea matemática que tengo del asesino da resultados tan espantosos, tan monstruosos, que espero que aún exista la posibilidad de que me equivoque. ¡Oh! Lo espero con todas mis fuerzas…

—¿Cómo puede decir que espera al asesino esta noche, si hace cinco minutos no lo conocía?

—Porque sé que va a venir.

Rouletabille cargó una pipa lentamente, lentamente, y la encendió:


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