El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Miré a Rouletabille y no pude dejar de sonreÃrme al oÃr a aquel chico de dieciocho años tratar de niño a un hombre de unos cincuenta, que habÃa dado pruebas de ser el más fino sabueso de Europa…
—Se sonrÃe usted… —me dijo Rouletabille—. ¡Hace mal!… Le juro que se la voy a jugar… y de una forma resonante…, pero tengo que darme prisa, porque me lleva una ventaja colosal, ventaja que le ha proporcionado Robert Darzac y que Robert Darzac va a aumentar más esta noche… Piense un poco: ¡Cada vez que el asesino viene al castillo, Robert Darzac, por una extraña fatalidad, se ausenta y se niega a decir cómo empleó su tiempo!
—¡Cada vez que el asesino viene al castillo! —exclamé—. ¿Entonces ha vuelto?
—SÃ, durante la famosa noche en que se produjo el fenómeno…
Iba, pues, a conocer el famoso fenómeno al que aludÃa Rouletabille desde hacÃa media hora sin explicármelo. Pero yo habÃa aprendido a no meter prisas a Rouletabille en sus narraciones… Hablaba cuando se le antojaba o cuando lo juzgaba útil, y se preocupaba mucho menos de mi curiosidad que de hacer un resumen completo para él mismo de un acontecimiento capital que le interesaba.