El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo —Yo saltaré a la habitación, y espantaré al hombre.
—Tenga mi revólver —dijo Fred—. Yo cogeré su garrote.
—Gracias —dije—, es usted todo un hombre.
Y cogà el revólver de Fred. Yo iba a estar solo con el hombre que escribÃa en la habitación y realmente no me disgustaba el revólver.
Asà pues, dejé a Fred después de situarlo en la ventana 5 del plano y me dirigà siempre con la mayor precaución hacia los aposentos del señor Stangerson en el ala izquierda del castillo. Encontré al señor Stangerson con el tÃo Jacques, que habÃa seguido la consigna, limitándose a decir a su amo que tenÃa que vestirse lo antes posible. En cuatro palabras puse al señor Stangerson al tanto de lo que sucedÃa. También él se armó de un revólver, me siguió y pronto estuvimos en la galerÃa. Todo lo que acababa de suceder, desde que vi al asesino sentado a la mesa, habÃa durado apenas diez minutos. El señor Stangerson quiso precipitarse inmediatamente sobre el asesino y matarlo: era muy sencillo. Le hice entender que, ante todo, no habÃa que arriesgarse «a dejarlo escapar vivo por querer matarlo».