El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo Asà transcurrió más de cuarto de hora. Ante aquellas extrañas circunstancias, en que tanto necesitábamos estar despiertos, resolvà emplear medidas enérgicas. Eché un jarro de agua en la cabeza de Rouletabille. ¡Por fin, abrió los ojos, unos pobres ojos apagados, sin vida ni mirada! ¿Pero no era la primera victoria? Quise completarla; administré un par de bofetadas en las mejillas de Rouletabille, y lo levanté. ¡Suerte! Noté que se enderezaba entre mis brazos y lo oà murmurar:
—¡Siga, pero no haga tanto ruido!…
Seguir dándole bofetadas sin meter ruido me pareció una empresa imposible. Me puse a pellizcarlo y a sacudirlo, y pudo mantenerse en pie. ¡Estábamos salvados!
—Me han dormido… —dijo—. ¡Ah! He pasado un cuarto de hora abominable antes de ceder al sueño… ¡Pero ahora ha pasado! ¡No me deje!…
No habÃa terminado aún la frase, cuando un horrible grito que resonó en todo el castillo, un verdadero grito de muerte, nos desgarró los oÃdos…
—¡Maldición! —aulló Rouletabille—. ¡Llegamos demasiado tarde!…