El Misterio del cuarto amarillo
El Misterio del cuarto amarillo No me habÃa repuesto aún del estupor que me causó tal descubrimiento cuando mi joven amigo me tocó en el hombro y me dijo:
—¡SÃgame!
—¿Adónde? —le pregunté.
—A mi habitación.
—¿Qué vamos a hacer all�
—Reflexionar.
Confieso que me hallaba totalmente imposibilitado no ya para reflexionar, pero ni siquiera para pensar, y en aquella noche trágica, después de los acontecimientos cuyo horror sólo era igualable con su incoherencia, apenas lograba explicarme cómo Joseph Rouletabille podÃa tener la pretensión de «reflexionar» entre el cadáver del guarda y la señorita Stangerson acaso en agonÃa. Y, sin embargo, lo hizo, con la sangre frÃa de los capitanes en medio de las batallas. Cerró la puerta de la habitación, me señaló un sillón, se sentó pausadamente frente a mà y, naturalmente, encendió la pipa. Yo le miraba reflexionar… y me dormÃ. Cuando me desperté era de dÃa. Mi reloj marcaba las ocho. Rouletabille ya no estaba allÃ. Su sillón, frente a mÃ, estaba vacÃo. Me levanté y comencé a estirarme, cuando se abrió la puerta y entró mi amigo. En seguida vi en su fisonomÃa que, mientras yo dormÃa, él no habÃa perdido el tiempo.