El Misterio del cuarto amarillo

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Capítulo 23 - La doble pista

No me había repuesto aún del estupor que me causó tal descubrimiento cuando mi joven amigo me tocó en el hombro y me dijo:

—¡Sígame!

—¿Adónde? —le pregunté.

—A mi habitación.

—¿Qué vamos a hacer allí?

—Reflexionar.

Confieso que me hallaba totalmente imposibilitado no ya para reflexionar, pero ni siquiera para pensar, y en aquella noche trágica, después de los acontecimientos cuyo horror sólo era igualable con su incoherencia, apenas lograba explicarme cómo Joseph Rouletabille podía tener la pretensión de «reflexionar» entre el cadáver del guarda y la señorita Stangerson acaso en agonía. Y, sin embargo, lo hizo, con la sangre fría de los capitanes en medio de las batallas. Cerró la puerta de la habitación, me señaló un sillón, se sentó pausadamente frente a mí y, naturalmente, encendió la pipa. Yo le miraba reflexionar… y me dormí. Cuando me desperté era de día. Mi reloj marcaba las ocho. Rouletabille ya no estaba allí. Su sillón, frente a mí, estaba vacío. Me levanté y comencé a estirarme, cuando se abrió la puerta y entró mi amigo. En seguida vi en su fisonomía que, mientras yo dormía, él no había perdido el tiempo.


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