El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Yo conocía a Robert Darzac por haberle hecho un gran favor judicial en un proceso civil, cuando yo era secretario del letrado Barbet-Delatour. Robert Darzac, que tenía en aquella época unos cuarenta años, era profesor de Física en la Sorbona. Estaba íntimamente unido con los Stangerson, pues, después de siete años de una corte asidua, estaba a punto de contraer matrimonio con la señorita Stangerson, persona de cierta edad (tendría unos treinta y cinco años), pero de una notable belleza.

Mientras me vestía, grité a Rouletabille, que se estaba impacientando en el salón:

—¿Tiene alguna idea sobre la condición del asesino?

—Sí —respondió—. Lo creo, si no un hombre de mundo, por lo menos de una clase bastante alta… Todavía no es más que una impresión…

—¿De dónde saca esa impresión?

—Pues —replicó el joven— de la boina mugrienta, el pañuelo vulgar y las huellas del zapato tosco en el suelo…

—Entiendo —dije—. ¡Nadie deja tantas huellas detrás de sí, «cuando son la expresión de la verdad»!

—¡Haremos algo de usted, querido Sainclair! —concluyó Rouletabille.


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