El Misterio del cuarto amarillo

El Misterio del cuarto amarillo

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Estábamos allí, atontados por tantos acontecimientos tan terribles como inexplicables, cuando, para colmo de la estupefacción de todos, vimos llegar al castillo a Frédéric Larsan, que había salido nada más ver al juez de instrucción y que volvía acompañado de un empleado del ferrocarril.

Estábamos entonces en el vestíbulo con Arthur Ranee, hablando de la culpabilidad o inocencia del tío Mathieu (a decir verdad, sólo Arthur Ranee y yo hablábamos, pues Rouletabille parecía perdido en algún sueño lejano y no se ocupaba en absoluto de lo que decíamos). El juez de instrucción y su secretario se encontraban en el saloncito verde, donde Robert Darzac nos había introducido cuando llegamos al Glandier por primera vez. El tío Jacques, que había sido llamado por el juez, acababa de entrar en el saloncito; Robert Darzac estaba arriba, en la habitación de la señorita Stangerson, con el señor Stangerson y los médicos. Frédéric Larsan entró en el vestíbulo con el empleado del ferrocarril. Rouletabille y yo reconocimos inmediatamente al empleado de la perilla rubia:

—¡Ahí va! ¡El empleado de Epinay-sur-Orge! —grité y mire a Frédéric Larsan, que replicó, sonriendo:

—Sí, sí, tiene usted razón: es el empleado de Epinay-sur-Orge.


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