El Misterio del cuarto amarillo

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Tras esto, Fred mandó al gendarme que estaba a la puerta del salón que lo anunciara al juez de instrucción. En seguida salió el tío Jacques y fueron introducidos Frédéric Larsan y el empleado. Pasaron unos instantes, quizá diez minutos. Rouletabille estaba muy impaciente. Volvió a abrirse la puerta del salón; el gendarme, llamado por el juez de instrucción, entró en el salón, volvió a salir, subió la escalera y volvió a bajarla. Abrió entonces la puerta del salón y, sin cerrarla, dijo al juez de instrucción:

—¡Señor juez, el señor Robert Darzac no quiere bajar!

—¡Cómo que no quiere! —gritó el señor Marquet.

—No. Dice que no puede dejar a la señorita Stangerson en el estado en que se halla…

—Está bien —dijo el señor Marquet—. Pues si no quiere venir, iremos nosotros.

El señor Marquet y el gendarme subieron; el juez de instrucción indicó a Frédéric Larsan y al empleado del ferrocarril que los siguieran. Rouletabille y yo cerrábamos la marcha.

Así llegamos a la galería, ante la puerta de la antecámara de la señorita Stangerson. El señor Marquet llamó a la puerta. Apareció una doncella. Era Sylvie, una criaduca cuyos cabellos de un rubio sosote le caían desordenadamente sobre un rostro consternado.


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